Clips de la Blogoteka



viernes, 18 de junio de 2010

“Ebrietas Vincit Omnia”: A propósito del concierto de Draco Cornelius en Medellín.


La embriaguez lo puede todo. Es mi gran conclusión del concierto de Robi Draco o Draco Cornelius -como se nombra ahora el artista-, en Medellín. Una lástima, porque en ocasiones la bebida entusiasma, cosa que no sucedió anoche en el concierto del puertorriqueño: luego de años de escuchar las composiciones de Draco y seguir su trayectoria musical, debo decir que el de ayer fue el peor concierto que el artista pudo haber brindado a una ciudad que lo acogía por primera vez. El licor lo puede todo (y que no se malinterprete mi opinión diciendo que quiero hacer ver la bebida como el mal de males) incluso, arruinar conciertos, pues resulta enojoso que un artista como Draco confundiera el escenario con el rincón de su estudio en Los Ángeles, en el que, como lo balbuceara en tarima, se adentra en depresiones que atacan implacablemente su talento. Que las tenga, lasaudade no es ajena a ninguno de nosotros, pero no ante un público que esperaba un buen concierto y que quería sentir la energía que el artista expresara en su presentaciones en Rock Al parque en el 1998 y 2005, o incluso en el concierto del Draco Al Natural.


Nada de eso vimos ayer en Medellín, vimos a un “artista” que en medio de su embriaguez balbuceaba canciones que esperábamos cantar con energía: Más y más, Brujería o Lie without a lover. Aunque, en medio de todo, destaco la interpretación de Blanca Mujer: lo único a mi criterio que se rescata de una noche llena de pausas innecesarias, monólogos y frases sin sentido, entre ellas, el “Medellin, Medellín, Medellín...” que despertó la euforia y el ego de un público poco exigente y menor de edad para la música: “En país de ciegos el tuerto es rey”. Eso también cabe decirlo, somos un público menor de edad, demasiado conforme para un concierto que careció de buena interpretación, de energía, de conexión con el público, pues, y eso lo sabe la mayoría, al interior del Orquideorama se veían muchas personas sentadas en el piso, conversando, hablando de cosas que en medio de un buen concierto nunca se preguntarían: ¿y qué hiciste ayer? ¿contame qué fue de aquella? ¿Nos vamos? Es una lástima, lo repito, porque fue la primera vez de Draco en Medellín y tal vez la última. El público, menor de edad y todo, no creo que sea tan tonto para no darse cuenta de lo que fue este concierto.


Me dirán que era un formato íntimo, lo concedo, pero en parte; pues si tenemos en cuenta que se trataba de la gira del más reciente álbum del artista: Amor Vincit Omnia, del que por cierto sólo interpretó dos canciones (Reza por mí, una de las mejores nunca llegó) para su interpretación no resultaba apto una montaje musical en el que no se hallaba, aparte de la batería, una buena percusión. Viendo algunas imágenes en Youtube, del concierto de Draco en Bogotá, se evidencia que hacía parte de la puesta en escena de la gira el que Draco pasara sentado gran parte del concierto, pero no creo que hiciera parte del concepto visual y musical del tour el que Draco Cornelius no cantara. Esa fue la constante del concierto en Medellín a excepción de las tres primeras y las tres últimas canciones en las que un Draco muy poco entregado olvidó que esa noche se presentaba en vivo: todo se echó a perder cuando Cornelius hiciera evidente en la cuarta o quinta canción que su tequila se acababa, de ahí en adelante lo íntimo se volvió verborreico, tanto que contagió a un público que aplaudía las incoherencias que decía, incoherencias que le robaban minutos a su presentación y en los que pudieron haber sonado las notas de Tu tren se va, Como me acuerdo, Llanto subterráneo o Cruzando puertas (esta sí para un formato “íntimo”) canciones que marcaron el ingreso de Robi Draco a nuestro archivo discográfico y de paso, a nuestras vidas.


Me gustó el mensaje musical a Gustavo Cerati y el gesto de improvisar algunos acordes para unas líneas de un aficionado que le tiró un cuaderno con sus composiciones, ese momento de intimidad lo valoro, pero como es costumbre en los dichos de las madres antioqueñas: lo que hizo con la mano lo borró con el codo. De nuevo, un aire de aburrimiento y desconexión con el público cundó por el orquideorama del Jardín Botánico, donde lo único que se escuchaba era un público que coreaba las canciones del artista, mientras él, en medio de su “desayuno con lluvia” intentaba seguirlo. Sonará moralista pero a eso no se va a un concierto, y de paso, en eso no se invierte la plata (uno paga esperando salir satisfecho, y el de anoche no fue un espectáculo que brindara mucha satisfacción que digamos). Reitero que el talento de un artista puede ser excepcional, pero en ocasiones confundimos lo excepcional con la payasada: que su show desmejorado y su tequila los reserve para su intimidad.


Muchos quisimos disfrutar con energía a Penélope, Vagabundo o Vértigo, pero el resultado fue todo lo contrario: un Draco deslucido, payaso, mal borracho (Billie Holiday, Chavela Vargas, Iggy Pop o Amy Winehouse lo hacen muy bien ebrios, se lucen, contagian su energía, pero Draco no lo logra, se le enreda la lengua, no canta, balbucea), incapaz de interpretar sus propias canciones. A eso se le suma su carencia de sensualidad, no hubo baile, feeling, era un “vagabundo” aplastado en una silla con unas cuantas notas bien interpretadas que le hacían pensar a uno que todo iba a mejorar en cualquier momento, cosa que no sucedería. Lo de ponerse la camiseta, abrazar la bandera o reservar en su cuaderno flores de regalo, no hace parte del compromiso de un artista serio frente a su espectáculo: nadie mejor que él sabe qué implica el que sus canciones suenen desafinadas o que sus letras sean interpretadas a medias, aulladas, no cantadas.


Le doy la razón a quienes dirán que el de anoche fue su mejor concierto, pero también les digo, nos falta ver muchos conciertos. En esta ciudad que tanto anhela recuperar su escena rock, no es justo invertir nuestro tiempo, devoción y dinero en alguien que, anoche, nos habló en tono íntimo, pero ¿cantó? desastroso. Opto por artistas que lo hacen mejor, incluso de esta misma ciudad, y que pretenden que algún día, sus conciertos tengan la misma afluencia de público y que compren una boleta del mismo precio. Dos cosas me quedan claras entonces: la primera, y me disculpan si fue que no entendí el “formato íntimo”, el de anoche (exceptuando algunos minutos) fue el peor concierto de rock que ha vivido Medellín en los últimos años; segundo, nos falta mucho como público, cualquiera se da el gusto de beber tequila en público a borbotones y cobrar por ello. Estoy convencido de que la idea no era romper en cólera o apelar al desorden, pero sí creo que sobraron muchos aplausos, somos muy zalameros, la mayoría de los vivas fueron inmerecidos: todavía no entiendo al joven que a nuestro lado gritaba “maestro”, “maestro”. A él, un buen augurio con su sordera.

P J Harvey: cánticos y memorias de la Tiza Blanca


Por Juan Antonio Agudelo V

La vida es un viaje en paracaídas y no lo que tu quieres creer.
Vamos cayendo, cayendo de nuestro zenit a nuestro nadir y dejamos el aire manchado de sangre para que se envenenen los que vengan mañana a respirarlo.
Vicente Huidobro

Reinventarse luego de cada creación, ser capaz de mudar los ropajes con los que se ganaron batallas anteriores, incorporar a las ideas y a la inspiración atavíos precisos y frescos, asumir el riesgo que conlleva patear las formulas que aseguran el reconocimiento y el triunfo, eso fue lo que consiguió Polly Jane Harvey en White Chalk(Island/Universal), su más reciente placa.

En esta oportunidad se hizo a una mar tormentosa, enfrentándola con los mínimos aparejos: una reducida escala del piano recién aprendido, bajo y guitarra eléctrica, harmónicas, citaras germanas, harpas desvencijadas, discretas percusiones, en fin, instrumentos que se subordinan a un registro vocal oscilante entre el falsete y el delirio.

De aquellos estremecedores Dry y Rid Of Me, de los melódicos To bring you my love yStories from the city, stories from the sea o de los intimistas Is this desire? o Uh huh her, tan sólo queda un aliento, la esencia inconfundible de su timbre, una artista que a pulso, y desdeñando las imposiciones del negocio, se incrustó en las páginas más decisivas de la historia de la música reciente.

White Chalk abre con The Devil: Tan pronto como estoy sola/ El demonio se pasea en mi alma/ Y entonces me pretendo a mi misma, una de aquellas declaraciones místicas que ya enThe dancer nos dejara conocer. Su octavo álbum provoca sentimientos encontrados, desde que, fue un auto sabotaje y un delirio experimental, hasta declaraciones de que es una creación única, de profunda poesía, complejidad, compromiso y autocontrol. Con Tiza Blanca sucede como con los amores, temor a que muestren la real esencia de lo que son y resistencia a cualquier transformación en su modo de expresarse, a no ser de que sea la que nosotros mismos le imponemos.

La maestra Harvey, ataviada con su blanco vestido victoriano, como una descendiente de las hermanas Brönte, ha escrito con su Tiza Blanca una lúgubre pieza de cámara, desnudo susurro de soledad y abandono, cuya única luz es el parpadeo sutil de su mirada, de la trémula voz que nos lleva por paisajes oníricos de desasosiego: Querida oscuridad/ No quieres cubrirme de nuevo ?/ Querida oscuridad he sido tu amiga por muchos años/ No quieres hacer esto por mí?/ Bienamada oscuridad, ven y protégeme del sol/ Las palabras se enredan y aprisionan mi garganta.

La aparente claustrofobia que ronda los ambientes de White Chalk, hermana en un minimalismo sonoro, persecutor e incisivo a Polly Jane Harvey con la Nico de The End y con la Diamanda Galás de Malediction and Prayer. Un regusto lejano al Kozmic Blues de Janis Joplin, pero sobre todo la inscripción de una factura propia, quedan tras el asedio vocal con el que Harvey dramatiza sus obsesiones, para develarnos la susceptibilidad de la mente, el desespero que subyace en sus vivencias íntimas.

Si nos atenemos al contenido textual de White Chalk, P J Harvey de manera soslayada se despide de la vida en Before Departure: Adiós amigos míos/ Adiós seres queridos/ me despido de este mundo/ Perdonen mi debilidad // Adiós amigos míos/ adiós a las fiestas nocturnas/ Recuérdenme en primavera. Los instantes de un corazón maltratado y los laberintos maniaco depresivos, nos asaltan en The Piano: Golpeada con un martillo/ Sus dientes rotos/ su lengua contraída/ observa dentro de su esqueleto// Mis dedos como aguijones/ Donde se perciben sus dedos han estado dedos fantasmales/ Moviendo mis extremidades.

Las atmósferas abrumadoras, consiguen un aliento épico cuando en The Mountain, bajo la mística figura de un águila, se añora la libertad, el encuentro con El Salvador para trascender la vida terrenal. White Chalk que da titulo al álbum, no da tregua a la angustia y nos recuerda toda la muerte que nos antecede para poder estar aquí: En la colina están todos los que conocí/ Colinas de tiza blanca que pudrirán mis huesos/ Tiza blanca que se adhiere a mis zapatos/ Tiza blanca para jugar como un niño contigo..

White Chalk, escrito e interpretado en casi todos los instrumentos por Polly Jane Harvey, es producido por ella misma, la rigurosidad de Flood y su amigo John Parish, quien también se involucra en la banda. Otras intervenciones en los teclados están a cargo de Eric Drew Feldman y las percusiones de Jim White. Un ejército que aparece discreto ante la contenida voz y el teclado obstinado de la macilenta inglesa.

Esta discreta obra de arte, que tiende a crecer con el tiempo, es en últimas un juego catártico y reflexivo de P J Harvey, el flirteo profano que solemos proponerle a los fantasmas hasta lograr El Silencio: Todos aquellos lugares/ que vienen a mi memoria/ Y se apoderan de mí/ me languidecen.